Mi hermana toca el piano desde que tengo recuerdo. Posiblemente, y aprovechando que Maria también lo toca, algún día quiera aprender a tocar un instrumento que me fascina pero que nunca me llamó la atención en esa época temprana en la que los niños deciden entre querer ser estrellas del rock o cargar con un gigantesco chelo. El piano es un instrumento poderosísimo y evocador, con un amplísimo rango de emociones y muy versátil tanto para componer como para interpretar. De toda las obras para o con piano que conozco y disfruto, posiblemente la de Erik Satie sea la que más me conmueve, puede que porque la lleve escuchando desde pequeño o porque sencillamente me parece una de las cosas más bonitas que he escuchado jamás.

Tras el exótico nombre de origen griego Gymnopédies, Satie compuso tres piezas para piano que en su momento resultaron atípicas por el uso de la armonía. Lo que personalmente quiero destacar de ellas es su solemnidad, cómo la cadencia de cada pieza puede crear un mundo para ella sola en unos pocos minutos. Sobre estas líneas podéis escuchar Gymnopédie Nr.1: lent et douloreux, cuyo nombre no podría ser más descriptivo. Encontraréis muchas grabaciones con un tempo más alto, pero como brilla esta pieza es cuando se interpreta lentamente; tan lentamente, de hecho, que resulta dolorosa.

Erik Satie, por Ramón Casas

Erik Satie, por Ramon Casas

Satie vivió una vida interesante, desarrollando su obra entre finales del Siglo XIX y comienzos del XX en Francia. Una época convulsa tanto social como culturalmente, en la que especialmente a primeros del Siglo XX comenzaban a asomar las vanguardias como corrientes de peso en la creación artística. Os recomiendo que le echéis un vistazo a su biografía, fue una época muy importante y él jugó su papel en un período de evolución musical como pocos ha habido. Murió con el hígado destruído por el alcoholismo en 1925 con 59 años, y su obra sigue siendo vigente hoy en día.